Afrontar el dolor nos hará más felices. Y nos descubre caminos apasionantes

por Isabel Herrero
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Afrontar el dolor duele. Es más fácil distraerse. Mirar para otro lado. Evitar. Hacer como que no está. No ha ocurrido. Cubrir la herida y dejarlo estar.

Es fácil hoy en día en que tenemos tantas distracciones, y que donde mires siempre te están animando para que rías, te lo pases bien, te animes. En todo momento.

Sin embargo afrontar el dolor, curar las heridas, nos ahorrará mucho sufrimiento futuro. Y evitaremos que se cierren las heridas en falso, porque entonces se arrastra el dolor de por vida.

Cuando yo perdí a mi marido todo el mundo trataba de animarme. Y lo agradezco. Si no, no sé qué hubiese sido de mí. Pero quise afrontar el dolor, la nueva situación desde el principio, aunque fue muy doloroso. Desde el principio traté de mantener el contacto con la familia de mi marido, aunque al principio era muy doloroso verles sin él. Ahora tenemos una relación muy fluida. Cuando conocía a gente y salía el tema, les decía que mi marido había fallecido. Me miraban con cara de pena, pero prefería pasar ese momento para tratar de que así con el tiempo lo pudiese hablar con normalidad.

Al principio sentí mucha rabia, y la saqué. No quise guardármela. Una buena amiga que es psicóloga me ayudó en eso. Me dijo que era importante ir pasando por esas distintas fases. Es como una herida que curas que va pasando por distintos estados.

Después pasé por distintas fases, la ausencia en reuniones, en papeleos, en un montón de situaciones. Hasta que tu cabeza y tu corazón lo va asumiendo.

Y mientras afrontas el dolor descubres caminos apasionantes

Llenos de matices. Descubrí un montón de cosas de mí misma que desconocía. Fortalezas que no imaginaba que tenía. Eso es vivir. Si no lo afrontas, si lo evitas y miras para otro lado, no descubres esos caminos con tanto dolor y tanta alegría y belleza a la vez.

    • Descubrí que no podemos controlarlo todo. Por mucho que cuides de algo o alguien hay una parte que no puedes controlar. Así que aprendí a ser más libre, ir más ligera de peso. Dejar las cosas fluir.

    • Descubrí la felicidad en pequeñas cosas. Canciones, cuadros, libros… Pequeñas cosas que de verdad llenaban mi vida totalmente. Y me hacían super feliz. Pocas cosas. Aprendí a necesitar muy pocas cosas para ser feliz.

    • Descubrí que podía soportar el dolor y que ese dolor era transitorio. Todo es transitorio. Como la herida que tenía, que iba pasando por distintos estados, todos transitorios. Y así aprendí a disfrutar más de los momentos buenos, que también son transitorios.

    • Descubrí que no vale la pena tener miedos. Pequeños miedos es normal, y nos da seguridad. Pero no grandes miedos que nos paralizan, porque ante la peor situación, entre los escombros y la devastación, puedes después salir adelante.

    • Descubrí que no puedes controlar lo que te ocurra. Pero sí la forma de enfrentarte a ello. Y en eso sí ponerle tu energía.

    • Descubrí lo importante de las emociones. De respetar mis emociones. Se suele dar más importancia a lo racional que a lo emocional. Claro, yo le daba importancia también a lo racional, para organizarme. Pero lo emocional es fundamental para tener una buena vida. A poco que una se quiera a sí misma respeta lo que siente y lo que quiere.

Todo eso y más cosas que ahora están ocultas entre esos matices de ese camino las descubrí al afrontar el dolor. Un camino apasionante. Si no lo hubiese afrontado habría arrastrado el dolor por dentro, que como decía Frida Kahlo: «Amurallar el dolor es arriesgarte a que te devore por dentro».

Estoy totalmente de acuerdo. Yo añadiría que afrontar el dolor además nos descubre caminos apasionantes, y disfrutar de la vida en su plenitud.

 

 

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